Fragmento de Endgame

Uno de mis fragmentos favoritos de Endgame, de Samuel Beckett. El texto completo de la obra puede leerse acá.


"NAGG:

Let me tell it again.

(Raconteur's voice.)

An Englishman, needing a pair of striped trousers in a hurry for the New Year festivities, goes to his tailor who takes his measurements.

(Tailor's voice.)

"That's the lot, come back in four days, I'll have it ready." Good. Four days later.

(Tailor's voice.)

"So sorry, come back in a week, I've made a mess of the seat." Good, that's all right, a neat seat can be very ticklish. A week later.

(Tailor's voice.)

"Frightfully sorry, come back in ten days, I've made a hash of the crotch." Good, can't be helped, a snug crotch is always a teaser. Ten days later.

(Tailor's voice.)

"Dreadfully sorry, come back in a fortnight, I've made a balls of the fly." Good, at a pinch, a smart fly is a stiff proposition.

(Pause. Normal voice.)

I never told it worse.

(Pause. Gloomy.)

I tell this story worse and worse.

(Pause. Raconteur's voice.)

Well, to make it short, the bluebells are blowing and he ballockses the buttonholes.

(Customer's voice.)

"God damn you to hell, Sir, no, it's indecent, there are limits! In six days, do you hear me, six days, God made the world. Yes Sir, no less Sir, the WORLD! And you are not bloody well capable of making me a pair of trousers in three months!"

(Tailor's voice, scandalized.)

"But my dear Sir, my dear Sir, look—

(disdainful gesture, disgustedly)

—at the world—

(Pause.)

and look—

(loving gesture, proudly)

—at my TROUSERS!"

(Pause. He looks at Nell who has remained impassive, her eyes unseeing. He breaks into a 0high forced laugh, cuts it short, pokes his head towards Nell, launches his laugh again.)"

Un juicio contingente

Todos los años, el barco del capitán Lark recorría el Mediterráneo realizando diferentes encargos comerciales, llevando consigo su pequeña corte de cocineros, sibaritas y asistentes, ya que era un hombre de gustos refinados.
Por esos años, los encuentros con sirenas eran todavía frecuentes, y rara vez se completaba una travesía sin que se realizase el siguiente ritual: el capitán se ataba al mástil mayor, solicitaba a sus marineros y asistentes que se tapasen los oídos, y luego comenzaba a chillar desesperadamente, rogando que lo soltasen, hasta que las sirenas se perdiesen una vez más en el horizonte.
Por supuesto, ni los marineros ni los cortesanos creían, a esa altura, en los desmedidos gestos de su capitán. De hecho, nadie se tapaba los oídos, y la vida en cubierta apenas se modificaba cuando sonaba el canto. Para entretenerse, algunos de los sibaritas más viejos habían diseñado un pequeño juego. Cuando aparecían las sirenas -que rara vez se presentan solas-, tomaban sus catalejos y organizaban un concurso. Luego le otorgaban, honoríficamente, el premio a una de las criaturas marinas, que miraban el espectáculo indiferentes el barco pasar.

Pero un día, una sibarita, que normalmente no participaba en los concursos, se acercó al capitán Lark, que todavía fingía sufrir atado al mástil, y le habló en estos términos:

- Mi capitán, espero me perdone la impertinencia, pero los otros sibaritas y yo pensamos que no tiene sentido continuar esta farsa. Admita usted que sus lamentos no convencen ni al más ingenuo de los grumetes del barco, particularmente cuando las sirenas mismas se rehúsan a cantar por puro desinterés. Mire, por ejemplo, esa hermosa sirena, capitán, aquella recostada en esas rocas.


- Si, la veo –dijo el capitán, algo aliviado de no tener que mantener la pose de dolor-, pero no percibo nada especialmente notorio en ella.


- Si se detuviera un poco más, mi capitán, podrá observar que esa sirena no canta, sino que habla tranquilamente con su compañera, como hacemos nosotros ahora. Los sibaritas más viejos acaban de otorgarle el premio honorífico por su belleza. ¿Por qué no abandonamos estos falsos temores y estos antiguos rituales, e invitamos a la ganadora a visitarnos a nuestra nave?

El capitán Lark, todavía atado, tuvo que reconocer el valor de Joanna (este era el nombre de la sibarita), así como lo preciso de sus palabras. Tenía que admitir que el mismo ya estaba harto de fingirse atravesado por el dolor dos veces por semana. Era hora de renovarse, de tirar esas falsedades por la borda. Y si además los viejos sibaritas estaban de acuerdo, ¿por qué no invitarla a subir?. Sería un gesto memorable, y nadie pensaba a esa altura que las sirenas -mucho menos una sola- pudieran representar algún riesgo para una tripulación.

Cuando Livia, la sirena en cuestión, se enteró de la invitación del capitán Lark, se sintió honrada y orgullosa. Era una sirena joven, fresca, que no creía en las viejas supersticiones que solía contar su pueblo sobre los humanos. Su compañera, sentada en la misma roca, tenía otra perspectiva:

- No subas, querida, te tratarán bien al principio, pero es demasiado riesgoso.
- Sólo estás celosa por que no te invitaron. Estos hombres son buenos, y me tratarán como a una reina. Mira, ahí se acerca una balsa a buscarme. No lo arruines.
- Bien, que sea como tu quieras, pero recuerda mi advertencia. El animal humano se da sus propias leyes, pero rara vez las entiende.

Cuando llegó al barco, los marineros, los sibaritas viejos y jóvenes, los cocineros y los grumetes la saludaron con un gran aplauso. La sirena tenía un fresco olor a océano que impregnaba todo lo que tocaba. Le hicieron una corona de papel, y se rieron escuchando sus anécdotas submarinas, en las que explicaba candorosamente la causa de su belleza.

Sin embargo, no todo era felicidad en el barco. El más ínfimo y subalterno de los marineros, llamado Aguirre, se mostraba distante y no quiso acercarse a los festejos. Aguirre era sordomudo de nacimiento, y era considerado un idiota por toda la tripulación. Su única virtud era que, gracias a su sordera, nunca había tenido temor a las féminas del mar, y desde joven se había acostumbrado a contemplarlas de cerca. Lo que hacía que su distancia fuera en este caso aún más inexplicable.

Por la noche, el capitán celebró un banquete con sus sibaritas predilectos. Joanna, envalentonada por el alcohol, dió un breve pero encendido discurso, donde oponía la frescura y sinceridad de la sirena Livia a los viejos encantos decadentes que otros sibaritas parecían todavía preferir. Algunos acusaron su desacuerdo con gestos silenciosos, pero como la consigna era agasajar a la invitada (y nadie dudaba de su belleza, perfección y honestidad), no hubo voces en contra. Lark era feliz, sintiéndose joven de nuevo con su exótica compañera de mesa, que al menos fingía reírse de sus chistes.

Fuera del camarote del capitán, la escena era otra. En vez de dormir, los hombres se reunían en cubierta. Todos habían recibido el enigmático mensaje de encontrarse a medianoche. Se miraron entre sí, entre confundidos y enojados, hasta que de entre la multitud salió el sordo Aguirre, llevando consigo un papel escrito, quizás una carta.

Aguirre señalaba el papel y hacía como si fuera a empezar a leer, pero naturalmente, no podía hacerlo. Uno de los marineros le sacó el papel e intentó leerlo él mismo, pero era prácticamente analfabeto, como la mayoría de la tripulación. Se armó algo de revuelo, todos estaban irritados y no sabían con que propósito estaban reunidos en cubierta en plena noche.

El ruido llamó la atención de uno de los sibaritas más viejos, que temió que pudiera desatarse un motín. Comenzó a levantarse de la mesa, lo que fue advertido por el capitán Lark, que se levantó a su vez, temiendo que el sibarita viejo cometiera algún exceso. Así fue como finalmente toda los que estaban cenando se dirigieron a cubierta.

Pero el primer sibarita se había adelantado, y captando rápidamente el motivo del conflicto, tomó la nota que esgrimía desesperadamente Aguirre, y comenzó a leerla en voz alta, frente a la tripulación entera del barco, desde su noble capitán hasta el último de los grumetes.

La hoja decía:

"Yo acuso.

Hace años, cuando navegaba por el Adriático bajo otras velas, tuve de permanecer en reposo forzado por dos meses .Ese tiempo lo pasé descansando en uno de los muelles, y pronto descubrí que una sirena solía visitar una playa que estaba cerca.

Era una sirena distinguida y aunque madura, muy hermosa. Se peinaba a la española. Había tenido una época de gloria en el mediterráneo, pero en ese entonces descansaba cerca de las playas y disfrutaba del sol. Pronto descubrimos una feliz convivencia en el silencio de los atardeceres italianos.
Una noche en la que creí que estaba sólo, vi que el mar se agitaba a mis pies, bajo el muelle. Ese día, mi sirena no había venido.

El agua se volvió roja y vi que había una pelea. Mi sirena se enfrentaba con otra, más joven.

La sirena más joven era la llamada Livia, que hoy cena con nuestro capitán.

Yo vi con mis propios ojos como mi sirena era atacada a traición por Livia, y también como, luego de matarla, se comía su cadáver aún fresco.

Yo acuso a la sirena Livia, que ahora come con nuestro capitán y su séquito, de practicar el canibalismo.
No existe costumbre más atroz ni más opuesta a los principios de la moral que devorar a los propios hermanos a traición.

Todos ustedes bien saben que Dios no me ha dado la voz para expresarme, y sé que la mayoría cree que soy lerdo de entendimiento. Pero confío que la importancia de la verdad que acabo de transmitir hará que olviden su triste procedencia.

Hermanos marineros, debemos hacer que los sibaritas y el capitán se enteren de esto, y luego asegurarnos que Livia se ajusticiada y arrojada por la borda como la basura que todos los días limpiamos de cubierta.”

En la silenciosa nave, todos pudieron observar como la mano del viejo sibarita que acababa de leer la carta, temblaba.

Las reacciones fueron rápidas y violentas como relámpagos: algunos gritaban y demandan la realización de un inmediato juicio sumario; otros enrojecían de vergüenza, ya que habían juzgado como perfecta una belleza surgida de la depredación más vil, y la mayoría permanecía en un silencio azorado, como quién no puede pensar más que “¡Qué barbaridad!”.

Livia, algo apartada, permanecía encerrada en su silencio, recordando las advertencias de su compañera, y quizás también ese lejano –pero verídico- acto de canibalismo en el Adriático.

Pero probablemente el más azorado era el capitán Lark, responsable último de la seguridad de la travesía. Temiendo que se desate un caos, se decidió rápidamente: la sirena pasaría la noche encerrada en uno de los camarotes, todos se irían a dormir, y mañana habría algún tipo de concilio para resolver la situación.

Aunque las órdenes fueron ejecutadas de inmediato, nadie durmió esa noche en el barco. A las almohadas les tocó aguantar pacientemente el murmullo enfebrecido de sus agitados dueños, y finalmente, llegó otra vez el día.

Y ese sería un día memorable. Aún los más viejos y perezosos sibaritas se despertaron con el alba, y como abejas u hormigas, comenzaron a confabularse y a formar grupos particulares. Mientras el capitán intentaba calmar el recuerdo de la mala noche tomando su té en la cama, uno de los sibaritas de más alcurnia en el barco se atrevió a interrumpirlo y a visitarlo sin ser llamado.

Aunque Lark fingió interés, sin duda hubiera preferido tomar su té con más tranquilidad. El sibarita se sacó sus guantes blancos, y habló primero:

- Mi capitán, la situación exige que usted se pronuncie de forma clara de modo inmediato.

Por supuesto, esto era exactamente lo que Lark no quería escuchar.

- ¿Por qué lo dices?

- Supongo que mi capitán sabe perfectamente que los marineros sólo admiten una postura: ejecutar a la sirena caníbal y arrojarla por la borda.

- Así es, pero no deberíamos dejarnos guiar por lo que piensen algunos iletrados, para algo navegamos con un séquito tan distinguido, ¿no es así?

- Justamente, eso es lo que yo pienso, mi capitán. Pero el problema es que los sibaritas más viejos, aquellos mismos que consideraron a Livia la ganadora de sus tradicionales concursos, están de acuerdo con la supresión de su elegida, y con la salida del sol quemaron la corona de papel que habían fabricado con sus manos.

- ¡Esto es indignante!, ¡Con que velocidad lo bello se convierte en horrendo!, ¿Por qué no fui notificado?, ninguna corona debería quemarse en este barco sin mi consentimiento.

- Entienda, mi capitán, que ese grupo de sibaritas está especialmente incómodo, ya que se sienten avergonzados por no haber sabido captar la fealdad moral de Livia, y haber sido engañados por sus fáciles encantos. Quemar la corona fue para ellos una forma de exonerar su culpa. Personalmente, ya no siento mucho afecto por ese grupo de viejos conservadores y sus concursos. Si ellos han perdido el sentido del gusto, no es culpa de la sirena, ¿no es así?

- No, pero...

Lark empezaba a darse cuenta que lo estaban conduciendo por la nariz a un resultado que todavía no alcanzaba a visualizar.

- Lo que nosotros, los verdaderos sibaritas, decimos, es lo siguiente: no podemos juzgar a Livia por caníbal, ya que, ¿qué podemos decir nosotros sobre las leyes de su raza?. Es cierto, el canibalismo es un acto horrendo para nosotros, pero las sirenas tienen sus propias reglas, y no debemos imponerles las nuestras.

- Si, es cierto, pero...

- Tenga en cuenta capitán, que Livia no hizo sino repetir uno de los viejos principios de la naturaleza oceánica, ¿acaso deberíamos juzgar a todas las criaturas de igual forma, cuando su naturaleza es ciertamente distinta?. Y además, si la belleza de Livia es innegable, ¿no habremos de admitir que su acto de canibalismo fue un acto de canibalismo bueno, uno destinado a su mejoramiento?.

- Pero la sirena vieja, la devorada...

- Esa sirena es prácticamente desconocida, y en todo caso, sólo Aguirre puede recordarla. Pero más allá de eso, ¿no es un digno destino ser consumido para formar parte de un cuerpo superior, un cuerpo que hoy podemos admirar estéticamente?. En cierto sentido, ¿Qué nos importa lo que haga o haya hecho?, la tenemos con nosotros, y así como está, es una obra de la naturaleza que ningún ser humano en sus cabales podría despreciar.

Lark hizo un esfuerzo mental, no quería darle la razón, tan temprano en la mañana, a una postura que sería rápidamente defenestrada por gran parte de su tripulación, menos refinada pero no menos convincente. Tuvo una idea:

- Pero ¿has hablado de esto con tu compañera Joanna?, si no me acuerdo mal, ella sostenía que Livia no debía ser tratada como un objeto estético, sino como una de nosotros, esa era toda la idea de invitarla a subir...

Con evidente satisfacción, el viejo sibarita desplegó un papel lleno de firmas, la de Joanna entre las primeras. La declaración resumía la argumentación ya presentada.

- Como verá mi capitán, todos acordamos con que la sirena debe ser salvada y que no debe ser juzgada según las leyes humanas.

Ante el silencio de Lark, que adquiría un matiz progresivamente hostil, el sibarita le dejó la nota y se retiró en silencio, como diciendo “reflexione usted tranquilo”.

El capitán decidió, antes de salir a cubierta, intentar hablar con Livia sobre su crimen. Pero esta se mostró hosca y con pocos deseos de conversar. Miraba a la pared, pero no estaba avergonzada. Cuando Lark intentó preguntarle por que no había comunicado, aún de forma indirecta, la naturaleza de sus costumbres, se limitó a decir:

- Por que no quise. Y además, ¿No dicen ustedes los hombres, que el león es venado asimilado?, bien, yo soy sirena asimilada, ¿y qué?. Además, todos sabemos que los hombres, ustedes, eran caníbales en sus principios, y ahí no había problema, estaba todo bien. Ahora resulta que yo soy una asesina. Déjenme tranquila, resuelvan sus propias contradicciones. Y no quiero más visitas.

Si fuera por su actitud, pensó Lark, bien podríamos ajusticiarla como quieren los marineros. Pero el argumento a favor, sin embargo, tenía su dosis de realidad. ¿No era acaso cierto que las tribus primitivas practicaban el canibalismo de forma regular?. Incluso, había escuchado a alguien decir que la Santa Misa era una forma velada de tal práctica, lo que no era irrazonable. En algún momento, sin embargo, se decidió que eso estaba “mal”, pero eso era sólo un juicio contingente.

Cuando Lark, evitando de nuevo la cubierta, fue a la cocina a desayunar en compañía, se encontró frente a un espectáculo violento:

La cocinera, reputada con justicia como una de las más expertas que un barco podía tener, repartía cucharazos sobre las cabezas atónitas de los sibaritas, que intentaban defenderse sin mucha suerte de sus manos de trabajadora.

¡Infames! – les gritaba - ¡mentirosos!, ¡tramposos de cuarta!, ¡y ustedes se quieren hacer pasar por sibaritas de última generación!. Claro, por que me imagino que el señorito aquel estaría contentísimo de que lo ponga ahora mismo en la cacerola y haga un estofado, y que luego me lo comiera con fideos. Y este otro, el gran Firmante, seguro se muere de ganas de que ser usado para rellenar el sushi con wasabi que hago los domingos. Entreguen la carne, ¡zoquetes!. ¿No se dan cuenta de que están defendiendo lo indefendible, no se dan cuenta que el “canibalismo bueno” es algo que sólo se les podría ocurrir a una parva de degenerados?. Esta sirena los engañó con su belleza, y eso es lo que ella quería en-ga-ñar. Si hubiera querido presentar una teoría alternativa de la cultura gastronómica se hubiera puesto en la cubierta y hubiera dicho: hola, quiero presentar una teoría alternativa de la cultura gastronómica. ¿Hizo eso?, no. Punto. Lo que hizo fue asesinar a una camarada (Y algunos de ustedes, bestias, se animó a decir que la sirena del adriático que no conocieron, “no merecía la atención”, ¿como lo saben, a ver?) para embellecerse asimilando su carne. Ustedes no lo saben, por que como sibaritas que son, se olvidan de la procedencia del trabajo. Acepten las consecuencias, mamones.

Antes de que alguien pudiera contradecirla, la cocinera se fue a esparcir su prédica por la cubierta, y a todos los marineros que se burlaban de ella, los acusaba inmediatamente de “pajeros”. Por supuesto, en las condiciones de una travesía marítima esa acusación es tan cierta como un juicio analítico a priori.

Lark sondeó a Joanna con la mirada, pero esta no hablaba. El grupo que estaba con el sibarita que había interrumpido su desayuno musitaba palabras como “esta loca finalmente está de acuerdo con los viejos conservadores que quemaron la corona esta mañana”, o eso le pareció entender a Lark, que había escapado de milagro de los embates del cucharón.

La agitación continuó durante todo el día. Un sibarita relativamente joven, reputado amigo de Joanna, era acusado perpetuamente de no tomar ninguna posición, y recibió ataques de ambos lados: agravios murmurados y explícitos cucharazos. Varios se atrevieron a sostener que Livia debería permanecer en el barco, pero usando todo el tiempo una máscara de Hockey, o un casco con el yelmo cerrado. Aguirre seguía llorando su vieja sirena del adriático y se rehusaba a trabajar hasta que Livia fuera expulsada. Los sibaritas conservadores lo apoyaban. Los más férreos defensores, en cambio, aseguraban que estaban dispuestos a ser cocinados y comidos si eso daba como resultado una criatura bella.

Cómo la discusión fue llevándose cada vez más hacia el terreno de la moral gastronómica, y Livia quedó en su camarote relativamente tranquila, ya que la mayoría sentía que no hacia falta tenerla en mente para participar de la discusión; a fin de cuentas, era sólo una sirena, un particular dentro de un universal en disputa.


Lark sobrevivió aceptando esto y lo otro, para luego aceptar lo contrario, y finalmente ya que todos daban la suya con tanta vehemencia, se dio cuenta de que su opinión no era necesaria.


Cuando se puso el sol y se aceptó –con gozo para algunos, y mucho tedio para otros- que la cuestión no podía zanjarse en un día, y que mañana habría tiempo para seguir, todos volvieron a sus camarotes a continuar las disputas en sus sueños, donde siempre encontrarían un jurado para declararlos vencedores.


Fue Lark, a mitad de la noche, quién primero descubrió que Livia había muerto. La sequedad del cuarto cerrado le había resultado fatal, pero ella no se había quejado. Su carne, fruto quizás de un acto inmoral, resplandecía todavía hermosa a los ojos del capitán.

Tres días más duraron los debates sobre el tipo de entierro que debería dársele a la que algunos llamaban precursora, y otros, asesina. El barco fue descuidado, y fue un milagro que no encallaran. Muchos de los sibaritas nunca volvieron a ser los mismos, y algunas de las acusaciones esgrimidas en el momento álgido de la contienda volverían como ecos en la sombra, en los momentos más inesperado e inoportunos.

El capitán Lark dio instrucciones precisas. Cuando aparezcan sirenas en el horizonte, los marineros debían taparse los oídos, y atarlo a él al mástil, de manera tal que no pueda volver a soltarse.

FIN


Mariano Vilar